Los inesperados círculos de la espiral de la vida

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La verdad es sencilla, pero solemos llegar a ella por caminos complicados

La vida no es una línea recta, es más bien una espiral que siempre se mueve en círculos, pero nunca regresa al mismo punto. Cuando Belén perdió a su madre, tenía la vida encarrilada. Con 55 años y los hijos ya mayores no esperaba que, al deshacer la casa de sus padres, se iba a encontrar con una realidad inesperada.

Echaba de menos a sus padres. Siempre habían sido los tres, sin tíos, primos o abuelos a los que recordar. Sus imágenes de la infancia se limitaban a su barrio, su casa y sus padres. Al vaciar el armario del dormitorio de sus padres encontró una caja vieja de madera en la que había fotos en blanco y negro: de su bautizo, su comunión, sus cumpleaños…

Además de esos recuerdos en forma de imágenes, un hatillo con papeles se le escurrió de las manos cayendo sobre la colcha de ganchillo de la cama. Al cogerlos, Belén miró por encima su contenido y se quedó sin aire cuando comprobó de lo que se trataba. Eran los papeles de su adopción.

No entendía nada; sus padres jamás le habían hecho un comentario o una insinuación que la llevara a pensar que era adoptada. Se le formó un nudo en la garganta que le impedía respirar y, por un momento, creyó que iba a perder el conocimiento. Poco a poco fue recobrando la serenidad, cogió los papeles y salió de allí como si se estuviera quemando.

Una decisión, una búsqueda, un encuentro con la verdad

Cuando les contó a su marido y a sus hijos, entre lágrimas, que no sabía qué hacer con lo que había hallado en el piso de sus padres, éstos le recomendaron que olvidara todo. “¿Para qué revolver en el pasado?”, le dijo su marido. “Para saber quien soy realmente”, le respondió ella.

Una vez tomada la decisión, su familia le apoyó totalmente. Tras hacer varias averiguaciones, supo que sus padres llegaron al barrio con ella recién nacida. Cuando pudo conocer el nombre de su madre biológica quiso saber por qué la abandonó. Consiguió hablar con Enrique, uno de los hijos de la mujer que suponía era su madre y le contó su historia. Éste se quedó perplejo y, aunque le prometió que hablaría con su madre, le recomendó que no se hiciera demasiadas ilusiones porque debía tratarse de algún error.

No volvió a saber nada hasta que, un mes después, Enrique le llamó y le pidió que se desplazara a la ciudad dónde vivía su madre porque quería hablar con ella. Se llamaba Ana, estaba postrada en una silla de ruedas. Se emocionó al verla y acarició el rostro de Belén con miedo, como si fuera a desaparecer como un sueño.

Le contó que con 17 años se había enamorado de un primo segundo y se había quedado embarazada. Su padre se la llevó del pueblo y la encerró en una especie de hospital que llevaban unas monjas hasta que dio a luz una niña. Le dijeron que nació muerta. Toda su vida había llorado la muerte de esa hija que no llegó a conocer.

Belén perdió una madre a la que quiso, pero encontró otra de la que pudo disfrutar algunos años, además de cuatro hermanos y media docena de sobrinos a los que adora.

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¡Feliz Día de la Madre!

 

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