Cálidas hojas de otoño

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Collar-Augusta

Las hojas presienten el otoño aun velado

El verano se resiste a abandonar mi ciudad, pero la naturaleza es sabia y las hojas cubren ya aceras y parques dándonos a entender que, por mucho que nos resistamos, el otoño se acerca y pronto esta luz que todavía nos envuelve con intensidad se irá, dando paso a días grises y vientos húmedos, a noches cada vez más prolongadas y perezosas.

Hoy, como esas hojas caídas, mi corazón presiente el otoño y se mece lento, pausado, con un ritmo de balada italiana, mientras a mi alrededor la algarabía de las calles exhibe ese frenético ir y venir de gentes que se cruzan pero no se miran, de coches que huyen hacia puntos infinitos de ninguna parte.

El otoño, que se presenta como una diminuta semilla, me abraza para recordarme que los huesos duelen cuando la vida te va pesando en la espalda. El rostro que se refleja en el espejo me devuelve una piel que ya ha sido usada, con pliegues profundos. La radio me devuelve a una realidad que va más allá de mi ombligo, de unos egoístas hábitos que me aíslan, tras los delgados muros de mi propia historia.

Las ondas me devuelven retazos de noticias que mañana servirán, unas para confeccionar almanaques de efemérides y otras para ser olvidadas sin que recordemos siquiera el nombre de los protagonistas. A pesar de esta melancolía, fruto del presentimiento de este otoño que aun no ha nacido ni en el sol, ni en el cielo, todavía limpio de nubes preñadas de agua, una sonrisa se abre paso entre las desvaídas y grises luces de la rutina.

 

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